Las desigualdades sociales, las transgresiones morales y el deterioro de la convivencia

martes, agosto 2, 2016

Por Jorge Manzi, doctor en psicología social de la Universidad de California, Los Ángeles (Estados Unidos), director de Mide UC, y Héctor Carvacho, doctor en psicología social de la Universidad de Bielefeld, Alemania, profesor asistente Escuela de Psicología UC, investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES) y del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR). 

La base para la convivencia social es el respeto mutuo. En el estudio recientemente publicado por MIDE UC, Faltas éticas cotidianas, constatamos que una proporción considerable de los chilenos admite que en algunas circunstancias podría pasar por sobre otros en situaciones cotidianas, por ejemplo, mintiendo, ocultando información relevante, esparciendo rumores no fundamentados, etc. La “viveza” del chileno ha sido y sigue siendo aplaudida en la esfera pública, deportiva y familiar.

Sin embargo, la tendencia a transgredir tiene consecuencias negativas para la vida en comunidad. Cuando alguien transgrede está enviando un mensaje claro: soy alguien en quien no se puede confiar. Y si la confianza en la elite y las instituciones en Chile es un problema grave hoy en día, la confianza interpersonal ha demostrado ser muy baja por lo menos desde que se comenzó a medir, hace más de 30 años.

El deterioro de la confianza interpersonal, así como la tendencia a transgredir las normas de convivencia social, tienen sus orígenes en elementos que conocemos. Uno de ellos es la legitimación de las desigualdades sociales. Cuando las personas se convencen de que las desigualdades sociales son legítimas o necesarias para el progreso, se instala una visión de la sociedad como un espacio amenazante, donde solo los más fuertes sobreviven, la competencia es el motor del desarrollo y pasar por encima de otros es necesario para ser exitoso. Las personas que legitiman la desigualdad desarrollan menores niveles de empatía y por tanto les resulta difícil ponerse en el lugar de las víctimas de sus transgresiones. Justificar la desigualdad es así un motor que promueve una mirada poco respetuosa de los demás y una cultura del aprovechamiento y la desconfianza.

Para que nuestros hijos crezcan en una sociedad que los reciba en su diferencia, les permita desarrollar sus potenciales y les muestre una vida en comunidad en el que el otro es alguien en quien se puede confiar, es fundamental que nos comprometamos a disminuir las creencias legitimadoras de la desigualdad social que tanto espacio ocupan hoy en el discurso público. Nuestro estudio, que concuerda con la investigación internacional, revela que la mejor inversión que podemos hacer como sociedad es fomentar, desde muy temprano en el sistema escolar, el desarrollo de la empatía. La empatía es una habilidad que nos permite reconocer la humanidad y sentimientos de los demás, ayudándonos a reconocer el impacto de nuestras acciones en ellos (especialmente aquellas que les causan dolor o que transgreden su dignidad). Una sociedad con ciudadanos capaces de entender la perspectiva y sentimientos de los otros, crea las bases para la tolerancia, el respeto y la convivencia respetuosa. Este es sin dudas uno de los ingredientes básicos de una verdadera educación cívica, que creemos que debiese ser fomentado.

escrito en: MideUC Opina |